Resulta difícil entender cómo es que el agente del excelente actor Wagner Moura aceptó negociar para su representando un papel protagónico en “The Last House”, acaso una de las peores sino la peor película de lo que va del 2026.

Cuesta imaginar si Ed Wood lo hubiera hecho peor. No. Al menos, Wood no tenía ideas progresistas en mente al filmar. Creemos.

“The Last House” no solo es mala porque el guion y la historia ya de por sí sean ridículos, y pretenciosos, sino porque le faltan el respeto al mínimo conocimiento de física aplicada que pueda tener su audiencia.

De paso, les roba y mal a todos: tiene un poco de «Alien» de Ridley Scott, de «El enigma del otro mundo» de Carpenter, bastante de «Un lugar silencioso» de John Krasinski, de «El silencio» con Stanley Tucci. Revuelto como un estofado.

Se pasan por sabemos dónde todas la nociones de realidad que nos rigen con tal de apuntalar una línea argumental insostenible aunque se pretenda emparentar con el encierro del 2021.

Una familia, como otras, queda atrapada en su propio hogar luego de una fuerte lluvia que parece sellar todas las propiedades por fuera impidiendo que sus habitantes salgan. Por supuesto, las cosas son un poco más elásticas sobre todo si se quiere sostener la historia. Hasta aquí una metáfora de la pandemia en clave ficción-clase-media-norteamericana.

Las casas, por suerte, conservan los servicios básicos, tienen oxígeno, un suelo fértil debajo de las tablas y hasta idean un sistema de caza de pequeños animales silvestres con la ayuda de una trampa y una chimenea. Más suerte aun, ¡había chimenea!.

Visto así, salvo que los ataque un extraterrestre, podrán vivir años encerrados como cuenta el documental “The Wolfpack” de Crystal Moselle.

Por lo demás, en medio del drama la familia apuesta por la familia, cantan villancicos que inevitablemente hacen pensar en la familia Flanders de Los Simpson, y no dejan aflojar su más profundo sentido de humanidad en términos clásicos: mantiene sus hábitos, estudian, juguetean como cachorros.

El problema es que efectivamente, hay extraterrestres en el medio.

La serie cumple con la cuota étnica con Moura, de origen brasilero y Greta Lee de padres coreanos. Sus hijos se suman al reglamentario multicolor de Netflix. Vecinos afroamericanos con rastas, gente de la tercera edad, les faltó algún guiño trans.

Con todo, no aminora la épica woke, el regreso a la madre naturaleza y hasta hay un diálogo con esta suerte de pulpo desbocado en el que el ET lo entiende todo, todo, pero todo. Es decir, el pulpo tiene un satori un momento de pura iluminación. Y sigue. Lamentablemente todo sigue hasta los títulos.

Sin embargo, la serie no escapa al tradicional machismo aunque levante la bandera progresista. En más de una ocasión el padre grita que él, si él, está haciendo todo para que sobreviva su familia como si en esas circunstancias su inteligencia tuviera un precio y una oportunidad más elevados que el de sus esposa e hijos. Agotan los diálogos absurdos que van hacia la nada, que son solo palabras escritas en modo IA, que no llevan a ninguna parte porque justamente la idea es rellenar un guion escuálido. A esta película le sobra la película completa.

Hay films que nunca debieron hacerse, por consideración al buen gusto ajeno y a la mera empatía de quienes solo esperan divertirse con algo pasable. Pero “The Last House”, es una mala película horror, un horror en sí misma. El gran Wagner debería saberlo.