Uno podría pensar muchas cosas del último film de Ridley Scott excepto que se trata de una de amor. Pero lo es. En el medio, pues, gente sin swing, como diría Fito. Un chico que pilotea un avión destartalado, es solidario, sensible en tiempos muy duros, y su perro, claro.
También podríamos decir que no sobra el perro y que al final será una película de un hombre y su animal y la confianza mutua, pero tampoco.
Es extraña la dicotomía y no está uno diciendo que es imposible, solo que resulta improbable. Entre dos viejos violentos y cascarrabias, hay dos jóvenes capaces de recuperar la esencia del amor a pesar de sus propia pérdidas.
Por ahí andan unas tribus pos apocalípticas, porque todo esto ocurre después de una epidemia de algo parecido al Covid, y ya estamos en 2035, pero tampoco son muy eficientes estos nuevos bárbaros. Y las vacunas se acabaron. Y las balas, pero no las Sprite. Algo es algo.
Así que aquí tenemos este guion tan poco original, tan irreal, tan aburrido, tan al “cuete”. Al finalizar, y esto puede ser un síntoma de todo el asunto, el público que llenó la sala apenas si detonó dos, tres, aplausos sin energía, sin entusiasmo y durante el film, fue poco lo que motivaron las imágenes en cuanto a otro tipo de reacciones.
Al terminar la película, asoma la duda: ¿de qué trató todo esto? De amor, ah si, de amor.



