La primera vez que vi morir a mi padre tendría unos siete años. Después lo vi morir muchas veces más, pero para entonces ya me había acostumbrado a verlo caer como un pájaro herido sobre las superficies más diversas.

La ocasión inaugural ocurrió en el campo, a unos ochenta kilómetros de Puerto Natales. Probablemente estos datos no les digan mucho de la geografía a la que me refiero, aunque fue en la Patagonia, en medio de la nada más absoluta.

Mis abuelos vivían allí, en la estancia Las Flores, a unos trescientos metros del Cordón Arauco, que sube como un caracol dormido camino a Punta Arenas. Mi abuelo Antonio cuidaba una extensión de miles de hectáreas donde sus patrones ingleses criaban vacunos, ovejas y caballos.

Antonio era baqueano y puestero; Julia, su mujer, la cocinera y encargada del rancho diario. Cuesta entender cómo podían vivir tan aislados, tan únicos en un paisaje abismal. Su casa no era una casa, sino un “puesto”: apenas una vivienda pequeña hecha de madera y chapa, un poco inclinada por el viento que por las noches arreciaba.

Junto a mi madre pasábamos en la estancia todos los veranos y todos los inviernos. Cuatro meses completos. Por las noches dormíamos sobre el suelo cubierto de pieles y frazadas, alrededor de una estufa a leña construida con los restos de un viejo tanque de combustibles. Éramos algo así como perros hambrientos de calor. Antes de dormir, mi madre nos leía algunas páginas de El libro de la selva o de Robinson Crusoe. Muy apropiados ambos, por cierto.

Mi padre, Nino (por Saturnino), no nos acompañaba a mi madre Bernardita y a mí, Claudio, quien les habla. Mucho gusto. Él prefería el pueblo.

Uno que otro verano se dejaba caer por el campo vestido con camisa blanca, pantalones y saco, como si hubiera salido recién de la escuela donde trabajaba de profesor.

No recuerdo los pormenores, solo que, a poco de llegar, mi padre montaba un caballo blanco llamado Meteoro y se subía a pelo. Así de ansioso estaba por montar.

En el horizonte, su figura resaltaba como un hilo blanco montado sobre un bólido también blanco y espigado. Frente a mis ojos alcanzaba una velocidad desquiciada que me hacía pensar en una flecha y en la posibilidad, nada extraña, de que jinete y caballo acabaran estampados contra algo: un árbol, un río, una vaca.

Luego lo vi morir en el mar, en Niebla, cerca de Valdivia. Se metía con la potencia y la desesperación de un lobo marino, pero sin saber nadar. Braceaba y gritaba al mismo tiempo, mientras se perdía —¿para siempre?— entre las olas. Yo lloraba de miedo y gritaba como él, con la desesperación que alimenta lo inevitable.

Un mediodía lo vi caer como un pajarito sobre el hielo en Puerto Natales, después de resbalar en el hielo grueso típico de aquellos inviernos. Un minuto estaba hablándome de alternativas futboleras o de lo difícil que era la existencia, y al segundo siguiente estaba ahí tirado, como arrodillado ante un Cristo, como un feto sobre restos de escarcha y nieve.

Después de los cincuenta lo vi morir lentamente, atacado por la diabetes y sin que él hiciera mucho esfuerzo por cuidarse. Una madrugada en que se suponía que le quedaban solo horas de existencia, lo acompañé en su lecho del hospital (uno que ya derrumbaron) y lloré con rabia e impotencia. Me pidió disculpas por no haber pensado demasiado en mí a lo largo de su vida. Ya no tenía importancia, creo. Ni caso.

La sentencia final no llegó hasta meses después. La muerte lo encontró en noviembre de 2004, cuando había dejado atrás un invierno milagroso, yendo y viniendo entre su casa y los hospitales, y aún planificaba seguir así hasta que el destino dijera lo contrario.

En el entretanto alcanzó a instalar en su cocina un calefactor para los inviernos por venir, que nunca arribaron. Todavía sueño con que vive en su casa.