Como si fuera producto de una extraña maldición, la obra de Jorge Luis Borges ha debido atravesar distintas épocas literarias manteniéndose a la vanguardia en cada una de ellas.
Borges se pretendió “moderno” en la década del 20 del siglo pasado para, viajando mucho más allá de la sensibilidad nacional de entonces (europeizante, rupturista), volverse luego aún más innovador al abrazar la nostalgia por la cultura popular y arrabalera del siglo XIX.
Esta conducta errante, sospechosamente a la contra, es un sello de identidad borgeana. Miles de millones de años luz desde que suspirara por los torneos vitales a puro cuchillo del Palermo del 1800 y de que construyera entre los espacios oscuros de su biblioteca la posibilidad de un Aleph, su figura se convirtió en una pieza ideal del entramado “on-line” del nuevo milenio.
Ya Perla Sassón-Henry teorizó años atrás en su libro “Borges 2.0: From Text to Virtual Worlds” (Borges 2.0: Del texto a los mundos virtuales) acerca de los numerosos puntos de contacto que existen entre la obra del argentino e internet.
En algunos de sus textos, Borges predice o bosqueja esta suerte de Babel disparada al paroxismo de la reproducción de saberes mediante el enlace de infinitas redes de datos. Sin haber visto jamás ese “enlace” web, Borges lo soñó para salvaguardar las alternativas de su propia literatura.
Irónicamente, viniendo de un personaje que cultivaba una estética gris y un verbo despojado de futurismo, la literatura borgeana parece condenada a darle la bienvenida al porvenir o a ser reconstruida y reivindicada por la propia dinámica cultural del nuevo milenio.
Si las alucinadas ideas acerca de una biblioteca universal pueden bosquejar los principios básicos de la www, entre otras web actuales (de una Wikipedia, sin ir demasiado lejos), el escrutinio personal del escritor y su educación autosuficiente (vertida en su corazón mediante el recurso del viaje y las lecciones particulares), que alcanza a la lectura concebida para su goce intelectual, conforman elementos de la representación, la puesta en escena; en verdad, de un presente que el autor de “Inquisiciones” jamás viviría si bien argumentó.
Borges, como un big bang del latigazo literario que se “sube” a cada fracción de segundo en Twitter. Como el inspirador de una “flamante” manera de entender los actos de aprendizaje y enseñanza (se pregunta poco y nada acerca de cuáles son los pergaminos académicos de quien en ocasiones ironizó con ser un “hombre semiinstruido” pero que en verdad debía su erudición a sus horas dedicadas a navegar caprichosamente en bibliotecas propias y ajenas).
Como el primer habitante del zapping informativo y formativo que hoy nos envuelve como un manto luminoso y en HD. Como el padre de la fragmentación creativa y del humor microcondensado en 144 caracteres o un poco más. Como supremo sacerdote de la disgregación digital que instala un tema tras otro por el irrefrenable deseo de sostenerse en “real time” a lo largo de las décadas.
Borges podrá y deberá ser visitado muchas veces antes de que alguien dé por vaciado su mito. Sin embargo, uno de los libros que más profundo calaron en su cuerpo literario es un texto breve, uno que al propio Borges le hubiera provocado dulces sensaciones encontradas, una breve obra maestra: “El factor Borges” (Anagrama), de Alan Pauls.
En el prólogo de su libro Pauls se ataja, se justifica pero también se explica y explica la potencia de Borges incluso hoy, sobre todo hoy. Dice: “Buscar en Jorge Luis Borges el factor Borges, la propiedad, la huella digital, esa molécula que hace que Borges sea Borges y que, liberada gracias a la lectura, la traducción, las múltiples formas de resonancia que desde hace más o menos cuarenta años vienen encarnizándose con él y con su obra, hace también que el mundo sea cada vez un poco más borgeano: ése fue el propósito original de este libro. ¿No había alguna posibilidad de no fracasar?”.
La frase merece ser subrayada: “…que el mundo sea cada vez un poco más borgeano”. Uno de los aspectos más interesantes de esta obra, a la hora de adentrarse en la cosmogonía borgeana, es su estupenda disección de ciertos aspectos de por sí poco explorados del escritor.
Pauls da cuenta de la planificada coquetería de Borges al quitarse de encima un año en sus cartas y declaraciones (dice haber nacido en 1900 y no en 1899, como realmente sucedió) para quedar instalado en el siglo XX y no en el XIX y de este modo adjudicarse una cuota de irreprochable modernidad. Un año que con el tiempo volvió a poner en su lugar original.
El autor de “El Pasado” analiza terrenos mucho más incómodos para las huestes del autor referidos a los verdaderos orígenes de su erudición. O hasta qué punto esa erudición existía como tal y no era un truco de magia bien planificado.
El autor de “El pasado” recuerda que el acervo cultural de Borges le debía mucho a la Enciclopedia Británica –entre otros compendios donde la síntesis prima sobre el tratamiento de fondo–, un punto de partida de por sí extenso como un archipiélago pero que encaja bien, desde su infancia y hasta su vejez, con el temperamento del escritor.
Borges era un consumado “jumper” y uno no puede más que emocionarse de sólo pensar qué habría hecho con su tiempo en la era de internet este habilidoso equilibrista del conocimiento. A lo largo de su literatura, no de toda pero sí de gran parte, se puede observar cuánto se divertía mediante el acto cuasi mágico de invocar la más exquisita variedad de autores y situaciones que quedaron grabadas en su memoria después de leer colecciones de enciclopedias y antiguos libros históricos.
Para Borges una cosa llevaba a la otra y a la otra, del mismo modo que un link abre una puerta al próximo capítulo. Pero quien le daba la auténtica dirección “histórica” al flujo de aquel discurso no era la historia en sí o el esfuerzo conjetural de los especialistas, sino los designios de su propia cartografía. En él los libros como objetos estructurales, vivenciales, conservaban en sí mismos el pretexto de un salto a un sólo aparente vacío.
Borges era, qué duda cabe, un verdadero maestro del linkeo. La última proeza del escritor de “Los conjurados” es mantenerse en plena vigencia gracias a las hipótesis tecnológicas que se despliegan desde la base de su obra.
Es que el siglo XXI, casi tanto como lo fueron el XIX y el XX, es ideal para la danza de sus creaciones. De un modo misterioso, Borges consiguió mantenerse en eterno presente mediante el ejercicio de la memoria de mundos que no eran totalmente suyos.
Como plantea Pauls, la literatura borgeana se nutre de la nostalgia de un tiempo del que tuvo apenas noticias a través de terceros (como el Palermo de los compadritos y los cuchilleros) y (esto lo decimos nosotros) de la nostalgia de momentos ocurridos en paralelo o en geografías imperecederas que se construyen a partir del ejercicio de la ficción.
A Borges el hecho cuántico no le estaba negado como condimento argumental. De un modo inesperado, Borges era capaz de introducir un elemento supermoderno, de ciencia ficción, en un contexto popular. Es lo que sucede, por ejemplo, con “Funes el memorioso”, ese gaucho condenado a una memoria implacable que nos recuerda aunque sea levemente la idea del universo virtual donde todo va quedando grabado a fuego. Memoria de la memoria.
Se lee un poco como se piensa y no siempre como se vive. “Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin”, escribió en su relato “Los teólogos” el hombre que por leyenda ha sido presupuesto como el lector universal. El lector de todos los libros probables. Un título que ostenba otro lector insaciable, Umberto Eco.




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