Creo que era Navidad. Estábamos en casa de su hermana. Mi padre tenía el rostro redondito, vestía pantalones negros y una camisa blanca a rayas que se le estrechaba un poco alrededor del vientre. Lo recuerdo bien porque además conservo una fotografía suya de entonces.
Bailó mucho esa noche ¿Conocen el famoso pasito de los floggers? Bueno, ése lo sacó mi viejo de algún rincón del inconsciente.
Fue la primera persona a quien se lo vi hacer. También estoy yo en el cuadro. Camisa marrón, jeans, el pelo bastante largo, caído sobre la frente, rubio como paja. Tengo 12 años y soy la persona más frágil y sensible del planeta. Mis mejillas semejan dos perfectas manzanas. Estoy cansado. He seguido el ritmo de mi padre. La fotografía la tomó mi tía como una forma de conmemorar el momento y nuestras proezas.
Como todo chico, no imagino aún un futuro sin mi padre. En el poco tiempo que hemos estado juntos —porque lo veía sábados y una fracción del domingo, el resto de la semana lo pasaba con mi madre— ha tratado de hacerme entender el complejo y contradictorio universo de los adultos, pero sus consejos me entran por una oreja y me salen por la otra.
Pasarán por lo menos dos años más antes de que comencemos a conversar acerca de los cuentos de Julio Cortázar, de Borges y el significado del «Aleph», de la poesía de Pablo Neruda y la antipoesía de Nicanor Parra.
Nuestra relación se decanta por el análisis literario. Suena aburrido, pero es lo que hacíamos.
No hay juego, hay ficciones por interpretar.
A mi padre no le gustaba hablar de su pasado. No se sentía orgulloso de pertenecer a una estirpe de marinos borrachos de dudosa honestidad. Gente sin currículum vitae. Mientras sus ancestros navegantes se mataban a golpes arriba de un ring en competencias de box amateur, se tiraban sillas por la cabeza en bares de mala muerte de Valparaíso o iban de Perú al estrecho de Magallanes en un barco mercante y en cada puerto una mujer, Nino, mi padre, había sido criado por unas tías de humilde condición pero que se daban aires.
Estudió profesorado. Se especializó en Letras. Como el personaje de Max Fischer en “Rushmore”, la película dirigida por Wes Anderson, desde que era un infante mi padre vestía traje y corbata. Ya fuera en la playa o durante un ridículo picado de fútbol en el campo, llevaba siempre una camisa impecable, corbata y zapatos de cuero lustrados con frenesí.
Su saco, en esas oportunidades, descansaba colgado de una rama. Heredé su pasión por los libros y por la buena ropa. Lamentablemente también heredé su carácter obsesivo y solitario.
Hoy, que soy un simple narrador de su historia, me parece lógico que nuestra relación haya terminado como terminó: de un modo tan novelesco. Tan de culebrón mexicano. Lo último que me dijo antes de morir, en realidad me lo gritó: «Eres un pobre tipo, nunca hiciste nada con tu vida». Después cortó. Me lo merecía. Me había pasado un buen rato atacándolo por cuestiones financieras y sentimentales.
Pero sobre todo financieras. Es curioso cómo al final, cuando el camino se estrecha, uno sigue pensando en que dejó el gas encendido o no pagó la cuota del auto. Con el paso del tiempo, no es la imagen del hombre agonizando en la cama de un hospital la que más fuertemente vive atada a mi memoria. No son sus últimos gruñidos. Son sus cuarenta años que un día también fueron son míos. La noche aquella en que bailaba con el pasito flogger y se reía sin parar mientras todos lo aplaudían.
Su recuerdo en la fotografía en que estamos juntos, uno abrazado al otro.




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