Nunca dejará de sorprendernos cuantas vidas nos puede hacer transcurrir una sola y breve obra de teatro. Ocurre con ciertos libros, con algunas canciones. Probablemente con el último segundo de nuestros días, cuando, según imaginan algunos, alcanzamos a observar la película ardiente de la existencia que dejamos atrás.

La vida, pues, como el teatro. Como el juego de recrear el propio juego de dios, decía Jünger. Algo de todo eso se despliega enfrente de los ojos del espectador de “Fulgor”. Una obra en constante construcción que primero se muestra pequeña hasta irse agrandando y agrandando para, igual que un poema zen, diluirse en el aire. La experiencia que deja, al menos en la piel de este cronista, es, sí, sofisticada, intensa y bella.

Primero lo primero. “Fulgor” es una obra teatral que va armándose sobre las premisas de su directora Mechi Moreno y con la complicidad de dos formidables actores (Laila Selci y Santiago Garrido) y un músico (Julián Selci) capaz de hacerte viajar sonoramente a distintos universos.

Es casi una variante del teatro de improvisación más que el teatro de improvisación en sí. “Fulgor” enhebra estaciones que nos recuerdan el sabor de una historia completa. No viene a cuento relatar en detalle lo visto puesto que el próximo espectador probablemente se encontrará con otros cuadros, otras búsquedas escénicas.

Pero, siendo sintético, algunas entrañables escenas que ocurren en el espacio dinámico del teatro resuenan en el corazón como pulsos vitales.

En la función sábado pasado (14 de marzo), por ejemplo, uno de los personajes, una madre soltera a cargo de su hijo con proyecto de odontólogo, reclamaba por un amor capaz sostenerla, impulsarla y darle sentido a su vida. Las frases disparadas al éter no son más que el estribillo de una canción tantas veces entonadas por los enamorados de tiempos inmemoriales.

Y está el hijo y sus sueños de médico porteño, porque en “Mendoza” (ponele), no hay buenos “dientes” o buen “dentrífico”. Al final del pasaje también aparece el padre que los dejó hace años. Mientras tanto la madre llora y pone en cuestionamiento su integridad, su fuerza, su alegría.

En otro cuadro, en otro ámbito, pero de la misma obra, descubrimos a los personajes en un boliche, con la música al palo. Son dos que medio a las perdidas van encontrándose.

La composición de “Fulgor” toma temperatura y se eleva en esa búsqueda donde la música súper presente y el arte del actor se combinan hasta formar un sólo músculo. Entonces el teatro muta en videclip, en apostillas de una rave y, por qué no, en cine. Intimo, mínimo, perfectamente ensamblado.

“Fulgor”, cuentan en el ambiente, se ha ido convirtiendo en uno de esos fenómenos que van ganando adeptos en Buenos Aires.

A la función del 14 de marzo fueron cerca de 100 personas y las reacciones fueron variando de la risa, a la lágrimas hasta la desesperación.

“Fulgor” no pretende herirte ni asustar tu conciencia de ser humano aguerrido. Ese que acaba de patear la calle antes de ingresar a la sala del centro cultural La Cuerda Mecánica. No hay nada cínico en ella, justo en un momento del mundo en que todo tiende a eso.

No obstante, tampoco entrega lecciones de vida sino “apenas” coloridas postales, momentos, fotografías de quien una vez fuimos.

Ficha técnica

Actúan: Laila Selci y Santiago Garrido.

Música en vivo: Julian Selci.

Dirección: Mechi Moreno

Nuevas funciones: 28/03 11/04 y 25/04 en La Cuerda Mecánica

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