El tiempo ha viajado más rápido de lo que todos esperábamos. No nos hemos ido antes de tiempo, antes de terminar nuestro asunto aquí en la Tierra. Antes de morir, nos hemos ido.

Saco cuentas y hace apenas unos meses vos y yo recogíamos achicorias de la vereda porque las achicorias no eran tan ricas como las lechugas: mucho más picantes, mucho más agrias, pero al menos nadie las cobraba. Achicorias gratis. Como eran gratis los rabanitos que nos ofrecía la vecina, las gotas de lluvia, los cielos grises y el frío trepidante de los inviernos.

Hacías las cosas meticulosamente con tus enormes manos de trabajador multirubro. Los fines de semana arreglabas tu viejo vehículo color beige, carcomido por el uso, pero aún digno, aún Rosinante. Te ayudaba como podía, un niño enterado de nada, perdido, bailando en el aire entre personas que no podían tratarse bien.

Una a una te pasaba las llaves desde la mesa de trabajo a tus dedos que buscaban ciegos el contacto con el metal. Así se iba el domingo. Un domingo como hoy, en que hace minutos me he enterado de que partiste.

Hacía años que no te visitaba, aunque alguna vez te escribí una carta sólo para confirmar cuánto te había amado, cuánto te respetaba.

Pudiste ser muchas cosas, quizás un hombre rico, pero al final la vida te depositó en otro sitio hasta convertirte en una gema extraña y valiosa: un hombre bueno. Nunca he conocido, visto ni intuido un hombre más bueno que vos.

Como un pequeño dios libre de codicia, nadie podría haber sufrido bajo el cuidado de tu mirada.

Mi madre y yo nos aprovechamos dos años de tu bondad y nos refugiamos en una pequeña habitación de tu casa en la calle Chorrillos, de un pueblo del fin del mundo.

En una repisa había una fotografía tuya en blanco y negro, formando parte de un equipo de fútbol. Tenías unas hermosas zapatillas negras. Nunca te enojabas. Siempre mantenías un cálido buen humor en medio de la asfixiante humildad del salario y la escasez. Amabas tanto a tu esposa, Lila. Lilita. Corazón de melón. Y Lila era divertida y traviesa.

Otra fotografía los mostraba jóvenes y acaso felices. Seguro no tenían mucho, apenas el uno al otro.

La vida se encaprichó contigo, pero seguiste adelante. En la iglesia cantabas los salmos que te sabías tan bien como el curita. Te hubiera encantado servir al Señor. Al final fuiste diácono.

Es que cuando faltan recursos hasta Dios se estruja los bolsillos y nos mira con compasión. Creo que le damos pena a ese Dios.

No sé qué digo. Por los motivos que sean, he faltado a numerosas citas con personas que amé y amo. Ahora es tarde. Siempre lo es.

Tu pelo negro como la noche, tu bigote de otro tiempo. Su aspecto pulcro.

Una noche apareciste en casa de mi padre. Lila tenía problemas de salud, necesitabas dinero. Dinero que siempre mereciste y jamás abundaba. Mi padre te ayudó y lloraste frente a nosotros. Me dolió tanto que el escozor todavía permanece en mi cuerpo.

Mi querido Pedro, sólo sé escribir. Tan torpe he sido, perdoname.

Desearía poder decirte, como si hiciera falta, que has sido un gran hombre, un hombre de Dios si tal cosa es posible, y que te admiro. Te admiro tanto, amigo mío, padre mío.

Podcast also available on PocketCasts, SoundCloud, Spotify, Google Podcasts, Apple Podcasts, and RSS.

Deja un comentario